Eugenia Lino, habitante del Centro Poblado de Callagan Manzano en el distrito de Molino, era una joven mujer que, además de ser sumamente guapa, era acaudalada y dueña de abundante ganado vacuno.

Cada domingo de semana se adentraba por la espesa vegetación y las peligrosas pendientes que dirigían rumbo a Linda Linda para visitar a su madre, una mujer de ochenta años que vivía sola en esa fría localidad. Eran largas distancias las que tenía que recorrer para llegar a la casa de su madre, veces en que el clima traicionero le jugaba una mala pasada.

Un día mientras ella seguía su camino, comenzó a escuchar llantos de bebé que se confundían con los ladridos de un perro y los maullidos de un gato, llamando la atención de Eugenia. A pocos metros de donde ella se hallaba, muy cerca al camino de herradura, se encontró un hermoso bebé que lloraba intensamente.

El pequeño se hallaba envuelto en dos mantas blancas, tirado a un costado del camino. De inmediato, percatándose que no había nadie a su alrededor y siendo un lugar desolado, tomó entre sus brazos al bebé y con una de las mantas la cargó en su espalda y siguió su paso.

Mientras Eugenia Lino seguía su travesía, comenzó a sentir un cansancio extraño, algo que no le había sucedido en toda su existencia. El bebé que llevaba en la espalda cada vez se sentía más y más pesado, razón por la cuál, Eugenia decidió frenar su viaje y descanzar un poco; sin embargo una tormenta que se avecinaba detuvieron sus intenciones de parar y continuó caminando.

A cada paso que daba, el bebé se hacía más pesado y sus energías para seguir llevando a la criatura que lloraba intensamente, se agotaban. Ella sentía como el bebé se movía de un lado para otro en su espalda, provocando en ella vómitos de cansancio y caídas que lastimaban sus rodillas, hasta que no resistió más y cayó desmallada.

Ya en en suelo y casi moribunda, se percató de algo aterrador. La criatura que llevaba en su espalda no era un bebé, si no una horripilante criatura con dientes y garras filudas que se sujetaba de su espalda y que al viento lanzaba risas tétricas, que asustaban a la moribunda Eugenia.

Era el espíritu del Apallimay, que hasta ese entonces era un mito de la región andina y de pueblos aledaños al distrito de Molino. Según contaban los abuelos, éste ser tomaba la figura de un pequeño e inofensivo bebé, que aparentemente necesita ayuda y que está indefenso, su llanto es muy conmovedor y por eso convence a sus victimas a cargarlo, moviéndose de un lugar a otro, hasta agotarlo.

La persona que lo lleva no puede safarce de el, porque el duende se hace muy pesado y pegajoso, quitándole toda la energia a la persona y finalmente asesinandola. Según afirman los curanderos de los andes, si la víctima todavía está en agonía, se debe acudir a ellos para hacer el ritual y revertir el mal.

Por desgracia Eugenia Lino se hallaba muy lejos y  nadie pudo encontrarla. Su cuerpo cansado y moribundo falleció.

En la actualidad es posible encontrar a esta criatura por los caminos alejados y desolados. Al principio se manifiesta como un inofensivo bebé, clamando“¡Apallimay! ¡Apallimay! que significa cargarme en tu espalda, hasta hallar a algún desdichado que por compasión lo cargará, sin imaginar el grave peligro que ocasionará, tal acto.

Autor, Juan Pablo Rivera T.

La Huacachina es un oasis en el desierto de ica en Perú. Su nombre significa "Mujer que llora" porque cuenta la leyenda que una hermosa joven a la que llamaban la Huacachina. Una mujer que disfrutaba cantar por los campos de girasoles, bailar, ayudar al necesitado pero sobre todo cantar y fue su canto el que atrajo a un joven guerrero Inca, mismo que al ver la belleza de dicha mujer, quedó profundamente enamorado de ella y ella de él.

Se siguieron viendo y el amor crecía entre ellos, la dulzura de la Huacachina era un tesoro que no todos los hombres podían tener, todo marchaba bien pero tristemente en esos tiempos los españoles llegaron a las tierras peruanas y el joven fue reclutado para luchar y así defender a su pueblo. Antes de irse le prometió a su amada que regresaría y así se unirían en matrimonio para formar una familia.

El joven nunca volvió debido a que murió en una de las batallas y no tardó mucho para que la Huacachina se enterara y su corazón quedara destrozado y en unas tinieblas más oscuras que la noche. Ella corrió y corrió hasta que se desplomó sobre el mismo campo de girasoles donde conoció a su amado y lloró amargamente.

Con el tiempo sus lágrimas iban formando una pequeña charca y luego una laguna la cual contenía sus lágrimas. Cierto día otro joven pasó por esos lugares y al ver a la Huacachina tan indefensa y hermosa pese al dolor que su corazón sentía, él quiso hacerla suya.

Al ver las intenciones la Huacachina se levantó y se sumergió en las aguas de la laguna que ella había formado y se hundió en lo profundo.

El joven la esperó por mucho tiempo pero al ver que no salía decidió irse del lugar. La Huacachina al notar que no había peligro decidió salir pero no podía, debido a que ya no tenía piernas, sino una cola de pescado, cubiertas de escamas brillantes y hermosas.

Desde entonces los habitantes nombraron a esa laguna "La Huacachina" en honor a la joven sirena que habitaba en su interior y cuyas lágrimas de dolor por la perdida de su ser amado, formaron ese cuerpo de agua pura. Cuenta la leyenda que cada luna nueva la joven sirena sale de la laguna para llorar por su amado guerrero que jamás volvió.